domingo, 5 de agosto de 2007

Día del niño

Esta vez apartaré las telarañas un momento. Un tema más actual así lo requiere.


Día del niño, una invención que vino a aparecer cuando yo dejaba de serlo y mi regalo fue un par de zapatos, de esos que uno agradece pero no espera. Por alguna razón, a pesar de los miles de años que tengo encima, aún poseo la esperanza de que alguien logrará ver que aún soy una niña y necesito que acaricien mi cabeza. Aún sonrío sola con la idea de encontrar a ese alguien especial con sus brazos estirandos hacia mí y en sus manos, un pequeño obsequio con un rosetón enorme y mi nombre impreso en la tarjeta. Definitvamente, deben haber mejores maneras de celebrar la niñez que agazajando a los peques con objetos que sólo el dinero puede comprar. Sin embargo, estamos ya tan metidos en la neoliberalidad de las cosas, que el sólo intento de pensar en no dar un regalo nos parece ridículo. Y qué decir de los homenajeados, quienes cifran sus esperanzas de despertar y recibir de sus padres un juguete soñado que les alegrará el día. Si tan sólo supieran que deberíamos disfrutar más, de lo simple y lo complejo, porque así como el entusiasmo por los juguetes se esfuma en unos días, así mismo vuela la vida bajo el calor de quienes nos protegen, y el resto de la historia, no es más que un levantarse para volver a la cama en las noches.


En esta parte iba a escribir,"siempre hay excepciones". Sin embargo, la cruda realidad me detiene, esa realidad que habla de escandalosas cifras de maltrato infantil. Somos un país de golpeadores. Los hombres contra las mujeres en una proporción terrorífica. Hombres y mujeres contra los niños; ni siquiera los ajenos, sino los nuestros, los engendrados y paridos por la mano que azota, que quema, que corta, que ultraja. Y así vamos dando forma al círculo de la violencia, que parece no estar, no existir. Pero sí está, muchas veces encubierto, en nuestros hogares o en el de nuestros vecinos. Y allí se queda, sin justicia la mayoría de las veces, porque la víctima de a poco se va sintiendo culpable y responsable del maltrato, y es capaz de esconderlo hasta las últimas consecuencias.


Todo comienza en la niñez; qué frase tan obvia. Por muy obvia que sea, se nos olvida demasiado seguido. Lo peor es que a veces no lo hacemos, y el daño que proferimos con una frase, sin necesidad de levantar la mano, es vergonzozamente intencional. ¿Podríamos declararnos culpables, cuando de niños fuimos marcados de la misma manera?, ¿quién es el verdadero culpable?, ¿cómo se cierra el círculo?. Sí, si se puede. Yo también recibí castigos, así como recibí amor y atenciones. Sin embargo, a veces siento que lo primero caló en mí más hondo, sin haber vivido los horrores de otros infelices pequeños. Incluso, me he descubierto a mí misma intentando comprender las circunstancias de los que eran mis mayores, justificándolos en algunas ocasiones. El asunto es que lo sigo pensando, está en mí, no se ha borrado. Sé que a muchos de mis amigos les sucede esto mismo. Finalmente hemos llegado a una edad en la que cerramos el círculo de la violencia o lo convertimos en otra cosa.


No me molesta que se celebre un día especial para los niños. Ni siquiera me molesta el consumismo. Me molesta más la vergüenza de pertencer a una sociedad que golpea fuerte, justo donde no se debe, justo donde más duele.

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