Hace algunos años tuve la oportunidad de conocer a una mujer que sufría de anorexia. Al principio, su condición, opción de vida o enfermedad metal (a estas alturas tengo mis serias dudas), pasaba desapercibida ante mis inexpertos ojos. No fue sino hasta mucho tiempo después que mis amigos y yo comenzamos a percatarnos de sus extraños hábitos, no sólo en lo alimenticio. Su sistema de vida era una compleja maquinación en la que todo debía calzar para que nadie notara que no comía y para ella misma seguir viviendo sin comer. Como dicen por ahí, que quienes padecen de anorexia son personas con un coeficiente intelectual muy elevado, hasta la hora he querido atribuirle a ello la cuasi sinfonía en la que había transformado su existencia, sinfonía en que todos los intrumentos sonaban a la perfección, mientras los demás éramos mudos testigos de su fantástica obra.
Pero llegó el día en que nuestra conciencia de grupo decidió que esta persona con la que compartíamos un cierto grado de buena a amistad, no pertenecía al grupo de los "normales". Cada día con poco más de entusiasmo, planeábamos nuestros pasos a seguir para llevarla la silla del Psiquiatra. Después, la meta era que su familia se enterara, porque obviamente nuestra amiga los tenía a todos escuchando la misma sinfonía que a nosotros.
El asunto se puso color de hormiga cuando nuestras acciones fueron cargándose de presión hacia ella. Sin embargo, logramos mover a un número no menor de personas con el fin de tenerla bajo nuestro control. Llegó un momento en que la orquesta la dirigíamos nosotros. Aún así, hubo malos, pésimos momentos, dignos de un teledramón de media tarde. Pero lo logramos; la amiga en cuestión visitó la oficina del Psiquiatra y salió de la sesión con el diagnóstico de anorexia nerviosa, bulimia y personalidad múltiple.
A nosotros todo nos calzó y por primera vez en mucho tiempo, respiramos hondamente en medio del bello entorno que nos acompañaba por aquellos años. Lo que no sabíamos era que lo peor estaba por venir. Porque antes, la bestia que devoraba por dentro a nuestra amiga, si bien nunca la toleramos, por lo menos nos daba para especular acerca de sus motivos y asombrarnos ante la capacidad de arreglar el propio mundo de uno para que todo funcione cual reloj suizo. Hoy pienso, que nadie fue más feliz que ella antes de que la bestia se nos metiera en el cuerpo a nosotros.
El asunto es que las idas las Psiquiatra y nuestra, primero tierna y luego agresiva, cooperación, no bastaron para que la amiga aceptara su condición y, por ende, hiciera algo al respecto; no mucho, sólo siguiera las recomendaciones médicas. Nada, nada funcionaba, y aún sigo creyendo que ella también fue durante aquellos meses, más feliz que los desesperados nosotros.
Las paradojas de la vida. Dentro de su extensa rutina de ejercicios para adelgazar, conoció a un tal Coliopo (nombre ficticio para proteger al verdadero; perdón por la escasa imaginación). Coliopo logró en una semana lo que nosotros no habíamos logrado en años. Coliopo le devolvió la sonrisa y la vida completa. Coliopo la hizo comer. Y fue tanto lo que hizo Coliopo, que la amiga dejó su tratamiento médico (si es que alguna vez lo siguió) y su patología mental mutó en varias desagradables maneras que no vale la pena explicitar en este texto. Así que la historia, por supuesto jamás podría haber tenido un final feliz. Al final, la comida y el sexo, al parecer sí lo son todo en la vida de los que suspuestamente son "más inteligentes".
El caso que relato trajo y aún trae, demasiadas interrogantes a mi cabeza. Con el tiempo no he logrado responder por qué el amor puro que profesa un amigo por otro no es capaz de alejarlo del "error", pero sí puede hacerlo un aparecido del que generalemente terminas desencantándote. ¿Químicos cerebrales?, ¿instinto de apareamiento?.
Finalmente, nuestra animalidad parece prevalecer sobre lo racional. Y lo afirmo con conocimiento de varias causas que aún hoy me quitan el sueño. Es más, tengo un caso demasiado cercano que camina un rumbo parecido al anterior; está en espera de que el príncipe azul aparezca montado en un caballo con alas, como el de Darío, para dejar las "bobadas". Aunque me causa las mismas serias dudas el que quiera dejarlas. Y lo tragicómico de esta historia, y de todas las parecidas, es que cuando aquella amiga de mis años mozos hablaba de su drama de vida, lo hacía con una sonrisa en la boca. Por eso insisto, aunque el término felicidad sea muy relativo, creo que ella era más feliz que nosotros.
No espero la respuesta de un Psiquiatra respecto al tema. Me quedo con las palabras de una de mis profesoras univeritarias: "Déjenla, ya no es problema suyo y en realidad, nunca lo ha sido".
A veces el cariño nos juega pésimas pasadas. No me cabe la menor duda de que ella sigue con la brújula apuntando allí mismo donde lo hacía cuando aún nos asombraban sus hábitos. Lo cierto es que ni ella iba a mejorar nunca y nosotros, lo que la rodeábamos y decidimos actuar en vez de mirarla con la boca abierta, terminamos enfermos de rabia. Tal vez, si acepatáramos que ciertas condiciones sucidas de vida no son "enfermedades", todos viviríamos más relajados. Así el que se quiere morir, que lo haga, pero no arrastre a la tumba a los que pierden el tiempo tratando de reencaminarlos. Esto puede sonar duro, de hecho sí lo es.
Esto es sólo un testimonio.
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