domingo, 22 de julio de 2007

Buscando inspiración

Sir James Matthew Barrie fue un hombre que vivió de la dramaturgia, en el Londres del 1900. Estaba casado con una actriz que jamás tuvo cabeza para comprender ese mundo interior de Barrie que se desbordaba por sus ojos. Porque, a pesar de haber podido plasmar sus locas ideas en textos que después eran representados sobre las tablas y apreciados por la alta sociedad victoriana, aún había algo que quería estallar dentro de él, pero necesitaba de una ayuda para salir. Es entonces cuando, durante un paseo por el parque, conoce a al pequeño Peter Llewelyn Davies, a su madre y a sus tres hermanos. El amor mutuo surge entre ellos y de esa relación llena de magia, otra gran maravilla: el país de Nunca Jamás.Barrie sabía que la obra cúlmine de su vida había llegado finalemente. La tarea de llevarla a escena fue más que ardua, en especial porque nada de su tipo había sido montado en los grandes escenarios londinenses y a la vez significaba un riesgo mayúsculo. Los actores debieron enfrentarse a las más excéntricas peticiones del dramaturgo para lograr recrear Nunca Jamás y su gama de personajes y situaciones, que desafiaban las reglas de la física. Y entre ellos, Peter Pan, el niño que jamás creció, inspirado por el pequeño Peter, a quien encontró en un parque londinense una tarde como cualquier otra, sin saber que pasaría a la historia de la misma historia, como el creador de otra historia, una de las más bellas jamás contadas.
La película Finding Neverlad (Buscando a Nunca Jamás, traducida para Latinoamérica como Descubriendo el País de Nunca Jamás), muestra justamente eso, la búsqueda de Barrie de la inspiración para plasmar en el papel ese mundo interior que no le permitía ser un adulto convencional. Tal vez jamás logró serlo, más aún después de alcanzar fama con su obra, con su fantástico Peter Pan.
Johnny Deep se luce en el papel protagónico y demuestra que sin el innecesario capitán Jack Sparrow, podrá ser recordado como un actor digno. Un sitial aparte merece Kate Winslet, la talentosísima Kate, que se siempre se roba la película con esa empatía, esa cercanía que le permite al espectador confiar en ella, en lo que parece pensar, en lo que dice. Y el precoz Freddie Highmore, que a estas alturas debe ser uno de los mejores amigos de Deep, tan fantástico como el mismo Peter Pan.
Y para finalizar, una de las más bellas bandas sonoras compuestas para el cine, de manos de Jan A. P. Kaczmarek. Con sonidos así, nadie puede resistirse a amar a Sir James Matthew Barrie, al pequeño Peter y sus hermanos, a su madre. Uno termina con la sensación de querer escapar de esta realidad que, al parecer, compartimos y correr hacia Nunca Jamás, pero al verdadero País de Nuca Jamás y no al rancho "Neverland" de Michael Jackson, definitivamente. Uno quiere ingresar a un parque sin fin, con árboles enormes de color azul y pequeñas hadas jugueteando entre nosotros. Uno quisiera tener el talento suficiente para escribir historias como Barrie o componer música como Kaczamarek.La muerte debería ser así, aunque nunca encontremos a Peter y a Campanita. La muerte debería ser tan hermosa como podamos imaginarla, tal cual yace escondida entre los más hermosos recuerdos de infancia en la mente de su creador, porque no hay mayor fantasía que la que tenemos cuando somos niños.
En lo que llamamos "vida real", Barrie conoció a la familia de Peter antes de que éste naciera. Se hizo muy amigo de su padres y cuando estos murieron tempranamente, Barrie adoptó a los cuatro niños Llewelyn Davies. Él no logró tener los propios en su desvencijado matrimonio, el que acabó en un bullado divorcio. Hasta aquí, la historia sigue siendo mágica. Pero la vida tiene sus extremas maneras de volvernos a la realidad. Es así como en 1914 empezaron las tragedias: George, el mayor de los niños, murió en combate en la Primera Guerra, en Francia, y en, Michael, el segundo, se ahogó en un estanque en Oxford. El escritor cayó en una profunda tristeza.
Fuera del mundo de ensueños de Peter Pan, James Matthew Barrie muere en Londres el 19 de junio de 1937, sumido en la depresión, quizás sin alcanzar a dimensionar el gran desborde de magia que le había regalado a la humanidad.

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