Cuenta la historia que Teresa Wilms Montt, esta chilena que perfectamente pudo haber protagonizado una inmortal novela de Alejandro Dumas, nació hace 114 años en Viña del Mar. Obviamente, provenía de una ilustrísima familia, emparentada con las más elitezcas cúpulas sociales del país. Luego de recibir una granada educación en casa, fue entregada en matrimonio a Gustavo Balmaceda Valdés, con apenas 17 años. Entre 1911 y 1913, nacieron sus dos úncas hijas.Hasta aquí, todo parecía ir según lo que dictaba la normalidad. Y digo parecía, pues tras la supuesta perfección del acomodado matrimonio, Teresa y Gustavo vivían en constantes disputas debido a las salidas de ésta, a participar de tertulias liberales, junto a feministas, anarquistas, sinidcalistas y de su inclusión en la masonería, lo cual la convertía en una libertina irrespetuosa de su marido y en una mujer completamente deschabetada para su época. Ambos comenzaron a distanciarse; Balmaceda, refugiándose en el trago, y Teresa, en el primo de su esposo, Vicente. Esto último sembró demasiadas suspicacias en Gustavo, sumándole la voluminosa correspondecia que intercambiaban y las interminables jornadas juntos. Así las cosas, el hombre herido decidió tomar el toro por los cuernos y convocó a ambas familias a un tribunal que decidiría el destino de Teresa. La espectacular conclusión a la que llegaron, fue que debían enclaustrarla, por lo que la joven se vio obligada a ingresar al Convento de la Preciosa Sangre, el 18 de octubre de 1915.
Pero Teresa no se quedó tranquila con el destino que había trazado para ella su amorosa familia. En junio de 1916, con la ayuda de su amigo personal, el escritor Vicente Huidobro, logró escaparse del confinamiento con rumbo a Buenos Aires. Mientras estuvo en el convento, comenzó a escribir su diario, en el cual dejó estampado el sentimiento respecto a la pérdida de sus hijas, a su separación de Vicente Balmaceda, el primo de su marido, y las motivaciones de su primer intento de suicidio el 29 de marzo de 1916, bebiendo un frasco de morfina. Esta situación, la alejó aún más de su familia.
Estando en Argentina, prácticamente en el exilio, se dedicó a colaborar con prestigiosas revistas, publicó su primer compilado de poesía, "Inquietudes Sentimentales" y "Los tres cantos", obra que explora la temática del erotismo. Ambas le valieron un gran éxito entre los intelectuales trasandinos. Luego de esto, Teresa pasó dos años viajando por Europa y EE.UU., época en la que se alistó en la Cruz Roja. Allí fue acusada de espía alemana y enviada a prisión, lo que la hizo abandonar su objetivo. Además de eso, tuvo que cargar con el suicidio de un joven admirador suyo, llamado Horacio, de 19 años, que se mató supuestamente debido al desaire de la chilena. Este hecho marcó, su prosa. En dicha época publicó "Cuentos para hombres que todavía son niños", evocando en él aspectos de su infancia y algunas experiencias vitales, "en narraciones de gran originalidad y fantasía", según la opinión de los expertos.
Durante su estadía en España, inició una gran amistad con los escritores Gómez de la Serna, Gómez Carrillo y el chileno Joaquín Edwards Bello, convirtiéndose además en la musa de Ramón Valle-Inclán. Allí publicó "En la Quietud del Mármol" y "Anuarí", firmando con el pseudónimo, Teresa de la Cruz.
En 1920, se trasladó a París, donde se enteró de que su suegro había sido nombrado en un cargo diplomático en la ciudad luz, y que viajaría hasta allí junto a sus nietas, las hijas de Teresa. Tras 5 largos años de separación, logró encontrarse con las niñas. Elisa tenía casi 9 años, y Sylvia 6 años y medio. Ésta, décadas más tarde relatarían: "Con mi hermana y 'mi mamita', íbamos por Les Champs Elysées cuando se detuvo un taxi y nos hizo señas una mujer con una capelina negra. Nos acercamos. Yo la quedé mirando abismada de su belleza. Tenía unos ojos de una profundidad increíble. No sabía que era mi madre. Se acercó para abrazarme y me dijo: '¡Mi amor, yo soy tu mamá...!'". Teresa logró encontrarse con las pequñas dos días a la semana, gracias a las gestiones de algunos diplomáticos.
La felicidad de Teresa tuvo un abrupto final. Llegó el momento en que las niñas Balmaceda debían volver a Chile con sus abuelos, dolor que consumió a la escritora hasta llevarla a encerrarse en su habitación de la Avenue Montaigne. Casi no comía, fumaba en exceso y tomaba medicamentos para estar siempre dormida. Escribió en su Diario: "Me siento mal físicamente. Nunca he tributado a mi cuerpo el honor de tomar su vida en serio, por consiguiente no he de lamentar el que ella me abandone. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había. Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido".
En vísperas de la Navidad de 1921, Teresa tomó una alta dosis de somníferos, lo que alargó su agonía desde su ingreso al Hospital Laënnec, el 22 de diciembre, hasta su muerte, solitaria muerte, el día 24, cuando tenía sólo 28 años de edad.
La felicidad de Teresa tuvo un abrupto final. Llegó el momento en que las niñas Balmaceda debían volver a Chile con sus abuelos, dolor que consumió a la escritora hasta llevarla a encerrarse en su habitación de la Avenue Montaigne. Casi no comía, fumaba en exceso y tomaba medicamentos para estar siempre dormida. Escribió en su Diario: "Me siento mal físicamente. Nunca he tributado a mi cuerpo el honor de tomar su vida en serio, por consiguiente no he de lamentar el que ella me abandone. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había. Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido".
En vísperas de la Navidad de 1921, Teresa tomó una alta dosis de somníferos, lo que alargó su agonía desde su ingreso al Hospital Laënnec, el 22 de diciembre, hasta su muerte, solitaria muerte, el día 24, cuando tenía sólo 28 años de edad.
Por alguna razón, a pesar de que se ha escrito sobre ella y algunas de sus obras circulan como material de culto por los círculos especializados, todavía hoy, a 86 años de su fallecimiento, el nombre de Teresa Wilms Montt representa absolutamente nada para la gran mayoría de chilenos. Ni su obra literaria, que fue fructífera a pesar de su corta vida, ni sus aventuras que bien podrían ser llamadas desventuras, desafiando a los estandartes de la época.
Por lo menos, consideremos esta nota como un granito de arena en la quijotezca campaña por rescatar del más aqueroso olvido a personajes como Teresa, y si nos alcanzan las fuerzas, comencemos a enterrar a otros contemporáneos, que francamente no vale la pena ni nombrar.
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